
¿Por qué?
La modestia y las buenas costumbres parecieran indicar que hay temas que deben permanecer privados: política, religión y sexo… Entonces, ¿por qué ir pregonando a los cuatro vientos que he perdido la fe, que no creo, que no veo, que como dice Cold Play, se que “San Pedro no va mencionar mi nombre” principalmente porque me importa un rábano San Pedro? Mi primera respuesta es un franco y mediocre, “no sé”. Luego viene una arrogante voz, muy a lo Dawkins, que me sugiere que debo abrirle los ojos a los pobres ilusos a mi alrededor. Afortunadamente he aprendido lo suficiente en esta vida para no hacerle demasiado caso a voces “sabe lo todo”.
Al principio pensé dejar las cosas tranquilas: le informé a un grupo de amigos cercanos a quienes había tratado de inspirar con la verdad divina de Jesús y la Biblia, principalmente porque me pareció lo más justo. Había pasado mas de un año enviándole e-mails y videos, así que pensé que tenían derecho a saber el resultado de mi andar religioso. Mi madre por supuesto puso el grito en el cielo; pero igualmente gritó cuando le dije que cómo que me estaba volviendo evangélica, así que debo concluir que esa es su reacción natural a casi todas mis acciones. Pero por alguna razón eso no fue suficiente. Si bien mi de-conversión me trajo paz en muchos sentidos, algo me seguía molestando, manteniéndome despierta, elaborando diálogos inaudibles en mi mente. Entonces comprendí el origen de mi desazón: dolor, llano y simple. El dolor del que ha amado con todo el alma sólo para descubrir que el objeto de su amor tiene pies de barros, por decir lo menos. Afortunadamente ya me habían herido antes. Ya me habían hecho añicos el espíritu y tornado mis ojos en fuentes interminables de dolor sin fin. O por lo menos eso pensé. Pero resulta que si uno lo deja, el dolor se mengua, se acaba, se hace aire y después nada.
Cuando me senté a recordar cómo me había curado del desengaño la primera vez, me di cuenta que lo que funcionó para mí fue lo que podríamos llamar “terapia de comunicación”. O en palabras menos rimbombantes, hablar, contar. En ese entonces conté mi historia a todo aquel que quisiera escucharla: a mi familia, a mis amigos, a señoras en la parada de autobús, a chóferes de taxi, al psicólogo, al diario íntimo, al pobre hombre que me invitó a tomar café, al aprovechado que quiso consolarme tratando de llevarme a la cama, al perro de mi casera, al striptiser masculino que se sentó en mis piernas en una noche de chicas… la conté llorando a moco tendido, furiosa, resignada y muerta de la risa. Y de tanto contarla ya no fue mía. Con cada repetición la obra dramática se hizo mas ajena, se quedo atrás mientras yo continué mi camino y lo que alguna vez me definió no es más que una anécdota añeja de esas que se repiten en días de lluvia, cuando se va la luz y comienzan los cuentos de fantasmas.
Así que estoy esperando que la terapia funcione otra vez: que narrando lo que me acercó y luego alejó del cristianismo traiga el mismo efecto. Supongo que poner estas reflexiones en un lugar público me abre al debate y a la discusión y personalmente no tengo problema con ello, aunque probablemente este pecando de vanidosilla, pensando que habrá personas interesadas en mi crisis espiritual. En cuantos a mis amigos, por un lado está ese deseo de no querer ofender a nadie y por el otro lado está la necesidad de ser fiel a mi misma. Y si alguna fe firme aun me queda, es que si mis verdaderos amigos leen este blog, seguirán siendo mis amigos aunque los ojos se les pongan como chivo comiendo tamarindo y vayan corriendoa rezar siete Ave Marías por la salvación de mi alma.
El por que? es una dificil pregunta... lo bueno es que tu aun habiendo llorado mares fuistes fuerte para buscar una respuesta
ReplyDelete