
En el principio fui atea, porque nadie nace creyendo en Dios. Técnicamente se me consideró católica, ya que fui bautizada en esa fe al año de nacida y por una razón que aún no comprendo, alguien me confirmó en la religión ese mismo día, así que en verdad tuve muy poca elección al respecto. Ahora, por lo que he visto hay dos tipos de católicos, particularmente en Venezuela: los que nacen y los que se hacen. Los segundos son una rareza y se dan más comúnmente en el sector evangélico. Los primeros también parecen subdividirse en categorías: los practicantes y los no-practicantes.
Un católico practicante va a misa, tiene un confesor designado, lo conocen en la iglesia por nombre, le hace caso al Papa, da clases de catecismo, nombra a sus hijos de acuerdo al santoral, se conoce al dedillo las reglas de la iglesia, los sacramentos, los pecados capitales, las virtudes, pertenece a una sociedad benéfica, reza el rosario todos los días a la hora del Angelus. Por alguna razón parecen pertenecer en su mayoría a los dos extremos económicos de la sociedad: es decir los pudientes, clase media-alta o sinceramente ricos, o las clases humildes o realmente pobres.
Un católico no-practicante nace en una familia que se define católica. Hace la primera comunión a los ocho años y a menos de que lo pongan a estudiar en un colegio de monjas o curas, no vuelve a pisar una iglesia hasta que alguien se casa, se bautiza o se muere. El católico no-practicante conoce los 10 mandamientos, no necesariamente en perfecto orden, sabe que Jesús murió por nuestros pecados y puede que desarrolle una cierta familiaridad con él, llamándolo algo así como que “Chui, Chuito, Jesucito” y sus plegarias tienden a ser, si son hombres, algo parecido a: “Cónchale Chuito, méteme una mano aquí, papá.” Si son mujeres, los más probable es que se sientan identificadas con una virgen o una santa en particular y sea a ellas a las que pidan intersección. Los católicos no-practicantes se persignan en momentos de tensión o alivio, pueden exclamar “Jesús, María y José” en momentos de asombro y se casan por la iglesia con los condones y las pastillas anticonceptiva guardados en la maleta. No confían mucho en los curas, pocas veces han leído la Biblia, juran que Jesús se parece a Robert Powell en la película de Zefirelli y no ven conflicto alguno en poner un bonachón Buda entre el Niño de Atoche y la Virgen de la Rosa Mística. Creo que está demás decir que yo fui una católica no-practicante.
Realmente no sé cómo ocurrió. Después de todo, cursé primaria en un colegio de monjas y debo confesar que la religión siempre me llamó la atención. En segundo grado solía dirigir misas en la parte trasera de la concha acústica del colegio, usando tostones (hojuelas de plátano frito) como hostias. Escuchaba las confesiones de mis compañeras y prescribía las respectivas penitencias, como entregar el dinero de la merienda a la persona que habían ofendido y cosas por el estilo.
Supongo que el comienzo de mi desilusión con la iglesia católica comenzó durante la preparación para la comunión. Primero, casi nada me quedó en la cabeza de lo que me enseñaron. Con razón o sin ella, llegué a la conclusión de que cuando Adán y Eva fueron arrojados del Paraíso, las puertas del cielo se cerraron y que no podrían abrirse de nuevo a menos que alguien sin pecado pasara a mejor vida. Así que por mucho tiempo, Jesús fue para mí una especie de llave mágica. Mi segunda decepción se dio cuando me informaron que no podía ser cura. Nuestra clase tenía misa todos los miércoles y había observado lo suficiente al padre para concluir que no había nada que él hiciera que yo no pudiera hacer. El tercer desengaño ocurrió cuando me enteré que para la Primera Comunión nos vestiríamos de monjas. Yo soñaba con el traje de novia de la fotos familiares: el encaje, el velo, la Biblia forrada en nácar. El cuento de que me iba a vestir como la Novia de Dios no me satisfizo ni un poquito: ¿quién se casa, aunque sea con Dios, con un traje de monja, liso, plano, sin el más mínimo volante?
Mi mayor desilusión, sin embargo, llegó el día de la comunión. Quizás deba aclarar primero que si algo me sobraba a esa edad era imaginación e ingenuidad. Así que cuando nos dijeron que Jesús bajaría a la hostia, pues mi expectativa era verlo. Literalmente. Un mini Jesucito bajando cómo una luz e incrustándose en cada pedazo de pan. O quizás un Jesús de tamaño natural flotando sobre el cura. O tal vez la Paloma de la Paz (por alguna razón nunca le presté demasiado atención al Espíritu Santo). O por lo menos un destello, una estrella, un angelito como la Campanita de Peter Pan. Nada. Sólo una oblea insípida que se deshizo inmediatamente en mi boca y un sorbo de vino amargo. Pero por lo menos ahora, que tenía a Jesús dentro de mí, yo era casi una santa, por aquello del cordero que quita el pecado del mundo. Para probar mi nueva adquirida santidad, al llegar a la casa me quité el bendito hábito, me metí en un par de pantalones y una camisa y me subí al árbol más alto del patio para proferir todas las obscenidades que había escuchado en mi vida, segura de que Dios iba a jugar tenis con cada una de ellas. Pero todas salieron de mi boca, clara y fácilmente. Por lo visto Jesús no estaba haciendo un muy buen trabajo o las obscenidades no contaban, ya que no estaban en los 10 mandamientos.
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