
Esto es una idea que alguna vez acepté como cierta y que ahora me asombra. Cuando amé al Dios cristiano, lo hice, entre otras cosas, porque mi vida había sido y es privilegiada. Si bien es cierto que he tenido mis tragedias, también lo es que siempre me ha ocurrido lo menos malo que podría haber pasado, un hecho que, católica no-practicante o ferviente cristiana, siempre se lo atribuí a Dios, sin darme cuenta de lo egoísta y ególatra que es.
Para ilustrar un poco mejor lo que intento decir, permítanme darles un ejemplo. Tengo una prima a quien adoro (y que espero que no se moleste por lo que viene a continuación) que en Diciembre realizó una de sus metas: abrir una tienda de arbolitos de Navidad importados, con sus respectivos accesorios y adornos. Cómo comprenderán, y lo digo sin ánimo de quitarle importancia, éste es un tipo de negocio temporal, que dura un par de meses, como mucho hasta las próximas Navidades. A principios de Diciembre, leí en su Facebook un mensaje desesperado. Una torrencial lluvia había anegado a Caracas y las calles alrededor del Centro Comercial estaban tan intransitables, que el personal tuvo que prenotar esa noche en la tienda. Gracias a Dios, continuó explicando mi prima, el agua no había entrado en su establecimiento, ni había dañado su mercancía. Y en un sincero rapto de agradecimiento, mi prima, que ni siquiera se considera cristiana no-practicante, pero cree en el gran poder del señor que vive allá arriba, le escribió una nota en su Facebook a Dios, agradeciendo el que la hubiera protegido.
Esa noche, cuando la lluvia convirtió las calles caraqueñas en ríos, nueve personas murieron y una continúa desaparecida. Se cayeron casas de pobres y casas de ricos, por lo que además de muertos, hubo heridos y gente que literalmente quedó en la calle. Por aquella razón de que “los caminos del Señor son misteriosos”, Dios se ocupó de salvar una tienda de arbolitos de Navidad, pero cerró los oídos a los que murieron tapiados o vieron sus hogares irse con el agua y el lodo.
Ni por un instante quiero llamar egoísta a mi prima. En su percepción Dios fue generoso con ella y me parece justo que le agradezca. Su manera de ver las acciones divinas no es extraña, sino, por el contrario, la típica de la mayoría de los creyentes. Vivimos nuestra realidad y nos vemos más allá de nuestra existencia. Una de las razones por las que dejé de creer en el Dios de la cristiandad, fue darme cuenta que mientras yo andaba cantando alabanzas y dando gracias por la belleza y salud de mi hija, miles de madres africanas lloraban y sufrían, pidiéndole al mismo Dios una miserable taza de leche para darles a sus hijos moribundos, porque sus pechos secos ya no podían darles sustento. Y mientras Dios me colocaba en una posición económica en que me podía dar el lujo de elegir entre tres marcas diferentes de leche orgánica para darle a mi muchacha, esas mismas madres veían impotentes morir a sus bebés, sin el más consuelo divino que el de la esperanza de que sus almas sean recibidas en el cielo –asumiendo que hayan sido bautizados, si son católicos, o hayan aceptado a Jesús (un poco dificil cuando se tienen seis meses de edad) como su salvador, si son evangélicos, claro está. Si por casualidad son musulmanes, budista o pertenecientes a alguna religión africana, pues que pena: ese bebé, que no hizo más que sufrir en este vida, cuyo único pecado fue haber nacido en la sociedad no-cristiana que Dios le designó, va de patitas al infierno/purgatorio/limbo, de acuerdo a la secta cristiana que estudie el caso.
Cuando todavía creía, solía enmarañarme el cerebro tratando de resolver este problema. Normalmente un creyente puede ver en el mal y/o el sufrimiento, una lección que aprender, que lo hará más fuerte o mejor persona. En ese caso el mal es a la larga una bendición que agradecer a Dios. Pero, ¿qué lección puede aprender un bebé de tres meses? ¿Qué el mundo es un lugar de sed y hambre y enfermedad y dolor? ¿Y de qué manera hace dicha lección moralmente más fuerte al bebé, si éste terminaba muriendo? Si los cristianos creyeran en la reencarnación, el asunto tendría algún sentido, aunque la lección pareciera sumamente cruel. Pero ese no es el caso. Luego traté de ver el problema del sufrimiento cómo una oportunidad para nosotros, los que estamos en mejor condición económica, para practicar el amor a nuestros hermanos y servir de “ángeles terrenales,” haciendo la obra de Dios en la tierra. Quizás esa teoría suene muy bien a los oídos de los que estamos de este lado de la verja, pero, ¿es acaso justo para los que sufren? ¿Dónde está el amor divino cuando éste te hace nacer en pobreza infinita, sólo para que otros escriban unos cuantos cheques a favor de una fundación y se puedan sentir bien consigo mismos por haber practicado la caridad cristiana?
Cuando ocurrió el deslave en la Guaira en el 2000, miles de personas murieron, una gran mayoría perdió su hogar, la ciudad quedó prácticamente destruida… un estatua de la Virgen de Coromoto fue transportada por la corriente de una iglesia a otra, en donde quedó a los pies de un gran crucifijo, y la gente gritó ¡milagro! Y mientras Dios se ocupaba en estos arreglos decorativos, un perro rottweiler llamado Orión, salvó la vida de decenas de personas. Da que pensar, ¿no? El filósofo griego Epicuro dijo una vez: “Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz? Entonces sería impotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces sería malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De donde surge entonces la maldad? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?” Buena pregunta.
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